Singular cafetal
fuiste, la realidad tangible de los sueños de un
joven hombre de tierras lejanas, emprendedor, ambicioso,
esclavista, poderoso después, sin olvidar a ratos
la nobleza de cuna.
Fuiste Don Cornelio Souchay, el creador de este edén
paradisíaco en las rojizas y fértiles tierras
de un Realengo entre dos Corrales pinareños, en la
isla caribeña donde decidiste vivir tu vida.
Tanto por naturales como por extranjeros, fue admirado este
lugar en su época de esplendor en las primeras décadas
del siglo de oro.
Las magníficas instalaciones, lujosas como si fuesen
del lejano oriente, los atraían su orden interior,
donde todo estaba funcionalmente previsto, desde el consecuente
tratamiento a los cientos de esclavos africanos y criollos,
hasta el preciso cultivo necesario para subsistir. Todo
lo previó el talentoso y culto alemán, su
regia mansión fue visitada por artistas, pintores,
grabadores, escritores , promoviéndose la cultura;
así también era visitada por hombres de negocios
y adinerados burgueses.
Contrastando con tan bello lugar, estaba el pobladito de
cuatro o cinco calles de tierra llamado San Marcos, con
algunos establecimientos y unas pocas casas de mampostería
y tejas, otras de embarrado y unas cuantas de tablas y guano,
con su plaza e iglesia donde oían misa sus opulentos
vecinos, dueños también de cafetales e ingenios
con primorosas casas de bellos portales y grandes alamedas,
pero nunca como La Angerona.
Allí también la presencia de una bella mujer
negra, igualmente de tierras extranjeras, haitiana, inteligente
por naturaleza, que no sabía leer ni escribir, así
lo prueban sus documentos protocolados, emprendedora y diligente,
que logró después de su llegada al cafetal,
administrar ciertas áreas, su constancia en el trabajo,
la educación práctica que dio a muchos esclavos
y esclavas, superándolos para aliviarlos en ese oscuro
mundo en que los esclavistas sumieron a esa digna raza africana.
Por sobre lo creado por Don Cornelio, puso su mano suave,
creó condiciones adicionales, maternales en el caso
de las negras que puso al cuidado de los criollitos, puso
amor en todo lo que hizo, no creemos hacía el amo
de Angerona, eran otras las cosas que los unían,
entre ellos el respeto, los intereses monetarios-financieros.
Ella no era esclava, pero nunca podría ser el ama
de Angerona; en vida de Don Cornelio, ninguna mujer lo fue,
independientemente de las relaciones íntimas con
otras mujeres.
Pero la presencia de Ursula en este lugar significó
mucho para tantos, entre ellos esa masa esclava que la amaba
y respetaba, así como a personas diferentes a ella
social y racialmente, pero que supieron ser sus amigos.
Esos esclavos que por cientos habitaron Angerona, por cientos
yacen sus restos en esa tierra. Allí trabajaron,
sufrieron, porque aunque allí la esclavitud fue más
suave, ésta es lo más negro que puede sufrir
un humano. Allí amaron, se multiplicaron y su simiente
fructificó y aún hoy podemos encontrarnos
con sus descendientes. Percibieron algunos gestos humanitarios,
el amo por sus razones, y quizás porque no, porque
lo sentía, y de Ursula porque eran sus iguales en
raza, y no fue en vano, sus corazones y mentes aminoraron
el rencor, el dolor por años, fueron adecuándose
hasta formar parte de la idiosincrasia de este pedazo de
tierra.
Todo eso es Angerona, no fue posible sin la unión
de personas de esos tres continentes: Europa, América
y Africa, y la de cuatro culturas y sus tradiciones: la
alemana, la haitiana, la africana y la naciente cubana.
Cada una aportó lo mejor de sí, y asimismo
lo fue dejando allí, solidificando esas paredes que
hoy son las ruinas de la vetusta mansión, en las
paredes y piedras del poblado de los negros, en las de la
casa que habitaba Ursula, tres símbolos que se niegan
a desaparecer como homenaje a sus moradores perpetuos, en
los antiguos aljibes, en fin, en cada piedra, en cada pedazo
de barro, loza o cristal de la época, en los cancinos
árboles, en las palmas reales sobrevivientes de la
barbarie e ignorancia humanas hace unas décadas
Por eso cuando allí se va, todo ese cúmulo
de sentimientos, de emociones contenidas, nos llega, nos
hace sensibles, nos sobrecoge al máximo, y el silencio
que allí perdura por más de un siglo, paradójicamente
para mí, son voces que claman porque Angerona nunca
más sea... una ruina en silencio.