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Actualizada 1ro de mayo del 2007
                     
     
 
 Costumbres ¿malas o buenas?
 
La otra Caperucita
Por Ana Margarita Valdés
Es probable que los actuales escritores de narraciones para niños se hayan preguntado alguna vez el origen de la trascendencia secular de los llamados clásicos del género.
Obras como La cenicienta, Pinocho, La Bella Durmiente o Caperucita Roja provocan hasta hoy el mismo asombro en los pequeños y pienso – sin que pueda considerarse esto un descubrimiento – que la causa ronda por los caminos de la universalidad de sus temas tanto en el ámbito espacial como temporal. Es decir, la eterna polémica entre el bien y el mal presentada de modo simple, sin grandes artificios o indescifrables códigos, pero con el indispensable toque de magia.
Por supuesto, de la misma forma que en la actualidad resulta muy difícil la aparición de un Copérnico o un Newton, lo es también la de un Charles Perrault o unos Hermanos Greem en la casi multitud de sus seguidores.
Pero no son los pormenores de la literatura para niños o su desenvolvimiento contemporáneo los que nos ocupan hoy; más bien es el destino de la inocencia magistralmente dibujada en el personaje de la caperucita.
La historia de esta pequeña que atravesó el bosque desobedeciendo los consejos de su mamá, tiene por estos días una versión musical. Y digo “versión” para facilitar mi referencia a un hecho que solo alude a los personajes del cuento para convertirlos en protagonistas de una historia distinta a la original.
Es cierto que este reggaeton no ha sido creado para los niños, pero la mayoría de la población infantil escucha y disfruta su ritmo contagioso sin que podamos sustraerlos del mensaje que promueve. Válido sea aclarar que existe una diferencia entre el texto de la canción que es presentada en los medios y la que se escucha en la calle (léase, en este caso, espacios particulares y otros de carácter público). De una manera o de otra, ¿qué niño va a creer ahora en la historia de caperucita? Esas fueron las palabras que escuché decir a una amiga preocupada por el destino del cuento que ha cumplido ya más de 500 años. ¿Será posible que no podamos contarlo más a nuestros pequeños con el insustituible “había una vez..?
Pienso que no somos pocos los que luchamos por una opción diferente en nuestras expresiones artísticas, sin que esto signifique en modo alguno el desconocimiento de que, en términos de creación audiovisual, resulta válido en estos apelar a recursos que escandalizarían a nuestros abuelos.
En medio de semejante avalancha, la propuesta que nos ocupa puede considerarse realmente inofensiva. Solo cabe preguntarse, ¿si no hace mal a nadie, qué aporta? Dejemos abierta la inflexión y recibamos, no sin cierta nostalgia, a la otra Caperucita.
 

 
 
 
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