Es
probable que los actuales escritores de narraciones para niños
se hayan preguntado alguna vez el origen de la trascendencia secular
de los llamados clásicos del género.
Obras como La cenicienta, Pinocho, La Bella Durmiente o Caperucita
Roja provocan hasta hoy el mismo asombro en los pequeños
y pienso – sin que pueda considerarse esto un descubrimiento
– que la causa ronda por los caminos de la universalidad de
sus temas tanto en el ámbito espacial como temporal. Es decir,
la eterna polémica entre el bien y el mal presentada de modo
simple, sin grandes artificios o indescifrables códigos,
pero con el indispensable toque de magia.
Por supuesto, de la misma forma que en la actualidad resulta muy
difícil la aparición de un Copérnico o un Newton,
lo es también la de un Charles Perrault o unos Hermanos Greem
en la casi multitud de sus seguidores.
Pero no son los pormenores de la literatura para niños o
su desenvolvimiento contemporáneo los que nos ocupan hoy;
más bien es el destino de la inocencia magistralmente dibujada
en el personaje de la caperucita.
La historia de esta pequeña que atravesó el bosque
desobedeciendo los consejos de su mamá, tiene por estos días
una versión musical. Y digo “versión”
para facilitar mi referencia a un hecho que solo alude a los personajes
del cuento para convertirlos en protagonistas de una historia distinta
a la original.
Es cierto que este reggaeton no ha sido creado para los niños,
pero la mayoría de la población infantil escucha y
disfruta su ritmo contagioso sin que podamos sustraerlos del mensaje
que promueve. Válido sea aclarar que existe una diferencia
entre el texto de la canción que es presentada en los medios
y la que se escucha en la calle (léase, en este caso, espacios
particulares y otros de carácter público). De una
manera o de otra, ¿qué niño va a creer ahora
en la historia de caperucita? Esas fueron las palabras que escuché
decir a una amiga preocupada por el destino del cuento que ha cumplido
ya más de 500 años. ¿Será posible que
no podamos contarlo más a nuestros pequeños con el
insustituible “había una vez..?
Pienso que no somos pocos los que luchamos por una opción
diferente en nuestras expresiones artísticas, sin que esto
signifique en modo alguno el desconocimiento de que, en términos
de creación audiovisual, resulta válido en estos apelar
a recursos que escandalizarían a nuestros abuelos.
En medio de semejante avalancha, la propuesta que nos ocupa puede
considerarse realmente inofensiva. Solo cabe preguntarse, ¿si
no hace mal a nadie, qué aporta? Dejemos abierta la inflexión
y recibamos, no sin cierta nostalgia, a la otra Caperucita. |
|