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Actualizada 1ro de junio del 2007
                     
     
 
Literatura
 
 
LA CIUDAD DEL ABUELO
Por Gilda Guimeras Pareja


El auto avanza por la silenciosa carretera. Es otro de sus tributos a la nostalgia recorrer el camino del que tanto le contara el abuelo. Esas elevaciones que ahora comienzan a dibujarse hacia el norte y muchos de esos árboles habrán salido también a su encuentro años atrás. “La vida es un instante en el tiempo”, la frase, incolora por lo oída, se le revela hoy en toda su fuerza. Mira el latitómetro, que se acerca cada vez más a las coordenadas señaladas y busca hacia delante, sin poder descubrir en el pequeño valle que se abre ante sus ojos indicio alguno de presencia humana. “No es posible que vengas a romperte justamente aquí”, mira con rencor a la esfera. Las mágicas cifras donde debe alzarse la ciudad con que soñó el abuelo cada uno de sus días de voluntario destierro, continúan parpadeando burlonamente.
Disminuye la velocidad. A su alrededor, bajo el fuerte sol de mayo, todo es de un verde intenso. Cuando está a punto de acelerar, cree descubrir algo entre la maleza. Se baja y aparta las hojas hasta que sus manos palpan los cimientos de una antigua edificación. Se siente temblar a pleno sol: no es posible viajar hasta aquí para solo descubrir restos de una ciudad perdida. Acaricia las piedras y camina hacia el auto por entre la hierba húmeda.
Un suave declive le sitúa en medio de un camino cubierto por piedras y hierbas, que acaso pudo haber sido calle principal. A ambos lados, enmarañados entre la exuberante vegetación, se insinúan restos de edificios. Tal vez en uno de ellos se estrenó el abuelo de pantalones largos en su primer baile de las flores, o estuvo ese teatro donde coreó, con su mediana voz de tenor, las zarzuelas de moda. Música, bailes, verbenas, es difícil imaginarlos en este lugar tan ajeno a la realidad. “Estoy pasando sobre cadáveres de hombres y casas que murieron quién sabe cuándo... La vida es sueño”, se siente a punto de ser devorado por el silencio y vuelve a estremecerse. Busca a tientas el celular, como si solo la voz de Fanny pudiera confirmarle ahora su propia existencia. Dos horas atrás le pidió ella: “llévame”. Tenía que hacerlo solo. El timbre suena casi un minuto. Él le revolvió el pelo y fingió no darse cuenta de su decepción. El timbre sigue sonando: “tal vez esté en la playa”. Necesita desesperadamente una voz humana, y vuelve a marcar. “Meliá Varadero”, se escucha casi al instante. “El mundo sigue afuera”, suspira y apaga el aparato.
Un ruido le hace caer en cuenta de que tal vez no esté solo. Mira a su alrededor y sus ojos se encuentran con los de una enorme rata que se ha sentado muy cerca de sus pies para registrar su imagen de extraño recién llegado. No sabe si la presencia del animal le produce repulsión o alivio. “Los animales no pueden sostener la mirada del hombre”, la frase leída quién sabe dónde viene a su mente. La rata ladea la cabeza y lo mira casi con la misma simpatía que un perro. “De no ver hombres nos han perdido el miedo”, aparta los ojos. Debe haber miles de ellas por los alrededores.
Recorrer otros pocos metros y desandar el camino, no hay más que hacer. “Solo un turista en busca de emociones o un comemierda como yo se arriesgaría a hacer este viaje en carro”. Ahora tendrá que conducir no menos de dos interminables horas para hacer una distancia que pudo salvar en diez minutos. Toda una mañana perdida.
Una fisura en el camino lo detiene. La calle está cortada por un hilo de agua. A la izquierda son visibles los restos de un muro, seguramente la baranda de un viejo puente. Aunque el abuelo se lo ha contado, no puede contener la sonrisa. Esta insignificante corriente es el río. Un pequeño río cruzado de norte a sur por diminutos puentes, donde la muchachada disfrutó imaginando aventuras dignas de más caudalosas aguas. Se deja caer en la orilla y cierra los ojos, dudando si valdrá la pena cruzarlo. “¿Para qué si no he llegado hasta aquí?”, avanza con lentitud hacia el agua. De un salto llega al lado opuesto. Explorar, sumergirse en la naturaleza, desandar un poco los pasos del abuelo antes de partir definitivamente.
Un brusco movimiento de las hierbas, y un negro canoso emerge con un cubo en cada mano. Se sobresalta al verlo: “a pesar de todo, este pueblo fantasma no está desierto”. La sorpresa del negro es mayor: le mira como dudando de la imagen que se ha formado en su cerebro. “¿Quién es usted?”, la voz le sale como un desagradable chillido, mientras suelta los cubos. Se miran en silencio. Apenas cubierto por algo que recuerda a un short, no se parece a ninguno de los hombres que conoce. El negro también lo examina con extrañeza, hasta que ambos se sorprenden una sonrisa.
Se llama Alberto y ha perdido la cuenta de los días y los meses. Solo tiene noción exacta de los años. Nació hace 54 inviernos, dice, y Ernst piensa que así debieron hablar los aborígenes frente a los primeros exploradores.
Poco a poco entona la voz y ya puede hablar de la ciudad anterior a la gran crecida: “era solo un muchacho”, dice, y se rasca la cabeza. Se le pierden las palabras, se estruja los dedos, por momentos Ernst no logra entenderlo. “Hace tanto que no hablo.”
La ciudad de sus recuerdos es un pueblo de casas vencidas por el tedio y la desidia, montón de aceras rotas y esquinas ruinosas, cruzadas por un río eternamente doliente de escombros. Nada que ver con la que evocó eternamente el abuelo Rodolfo. Ernst mueve la cabeza negando. Entonces, el teatro, el parque, la iglesia, el casino, ¿no fueron sitios reales, sino solo el delirio de un anciano comido de nostalgia? Al negro se le iluminan los ojos. Su padre también le habló hasta el cansancio de esa ciudad que él solo recuerda en las palabras.
La casa a donde entran es una amalgama de columnas, cornisas, puertas, ventanas y mosaicos que no puede ni aspirar a llamarse ecléctica. Todo huele a antiguo y a sucio. El negro no parece notarlo: la muestra con orgullo. “Mi padre no quería que se perdiera la historia del pueblo… El día de la gran crecida, no hizo caso a la orden de evacuación y desde lo alto de la loma pudo ver todo. Después, siguió salvando cuanto pudo… La mañana en que finalmente regresé, secaba muebles al sol… Me quedé a ayudarlo y nunca más me he ido… Aquí lo enterré y aquí estaré hasta que sea”
Ernst necesita tocar cada objeto, y los toca, hasta que sus manos son casi del mismo tono que las de Alberto. Tiene que hacerse con una prueba que le confirme la existencia de este increíble lugar. “¿Cómo decirlo a este loco que ha renunciado al mundo para cuidarlas?” El negro lo entiende a media palabra, y le ofrece una gran llave de hierro. “Una llave de cuando se podía mirar por el ojo de la cerradura”, Ernst acaricia el herrumbre. Quiere pagarle y saca la billetera. Alberto, por primera vez, suelta una limpia carcajada: “¿qué puedo hacer yo con eso?” Tampoco quiere el reloj.
No necesita nada, mucho menos partir. “¿Dónde estar sino aquí?”, dice y es indudable que no miente. Entonces desandan juntos el camino hasta el auto. “Ya nadie usa la carretera”, sonríe Alberto a manera de despedida, “procure no romperse”. Se abrazan. Una última mirada y el carro ya está en marcha. Se siente incapaz de pensar. En un par de horas la antigua ciudad del abuelo será nuevamente un recuerdo.


ón Mercedes, de Manuel Corona.
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