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Culto.
Espontáneo tutor de cuanto estudiante en época de
tesis necesitara de su ayuda. Servicial. Profundo conocedor de la
historia. Tímido; pero desenvuelto comentarista de temas
culturales. Hombre modesto, en acción perenne, urgido por
los dictados de su vocación: así fue el guanajayense
Enrique Díaz Ortega.
Recordado por varias generaciones de alumnos que hoy ya peinan canas,
a quienes educó durante más de 20 años en los
Institutos de Pinar del Río y Artemisa, le cupo la suerte
también de ser maestro de jóvenes que hicieron historia,
como los hermanos Sainz y Orlando Nodarse. Sus comienzos, en 1934,
recién graduado de Dr. en Pedagogía y en Filosofía
y Letras, fueron, sin embargo, humildes: maestro de escuela rural
en el barrio El Jobo. Experiencia de la que surgió su obra
teatral La dulce amarga, un grito de denuncia frente a la desesperada
situación del obrero agrícola cubano.
Enemigo acérrimo de la rutina, fue un tenaz promotor cultural,
moderno cruzado en el empeño por presentar en Guanajay a
cuanto artista o intelectual de valía le fuera dado contactar.
El tiempo le alcanzó increíblemente también
para materializar diversos proyectos propios: una biografía
del escritor Joaquín Nicolás Aramburu que publicó
en 1955; impartir conferencias en la Universidad del Aire, la Fragua
Martiana o donde quiera que se le solicitara, colaborar con numerosas
publicaciones periódicas y escribir, a propósito de
efemérides, estampas de contenido patriótico que representó
con sus estudiantes.
Una sola obra ha bastado, no obstante, para hacerlo imprescindible,
a 31 años de su muerte, ocurrida en 1969: las Estampas de
Guanajay. Originalmente escritas para ser representadas durante
la celebración del 300 aniversario de la Villa, en 1950.
La entusiasta acogida e identificación de un público
que es de alguna manera también protagonista de la pieza,
ha determinado su permanencia en el tiempo. Nos adentraremos en
el siglo XXI y los guanajayenses seguirán sintiéndose
convocados al llamado de las Estampas: La casa de la condesa, La
Estación de Villanueva, Capellanías y tantos otros
cuadros volverán a hablarles de su pasado y sus orígenes.
Seguirán fortaleciendo su orgullo por haber nacido en este
rincón de la isla. Serán, como hoy, la más
profunda huella dejada por Enrique Díaz Ortega a su ejemplar
paso por la vida.
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