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Actualizada 1ro de junio del 2007
                     
     
 
 Personalidadeslidades
 
 

ENRIQUE DÍAZ ORTEGA
Por Gilda Guimeras

Culto. Espontáneo tutor de cuanto estudiante en época de tesis necesitara de su ayuda. Servicial. Profundo conocedor de la historia. Tímido; pero desenvuelto comentarista de temas culturales. Hombre modesto, en acción perenne, urgido por los dictados de su vocación: así fue el guanajayense Enrique Díaz Ortega.
Recordado por varias generaciones de alumnos que hoy ya peinan canas, a quienes educó durante más de 20 años en los Institutos de Pinar del Río y Artemisa, le cupo la suerte también de ser maestro de jóvenes que hicieron historia, como los hermanos Sainz y Orlando Nodarse. Sus comienzos, en 1934, recién graduado de Dr. en Pedagogía y en Filosofía y Letras, fueron, sin embargo, humildes: maestro de escuela rural en el barrio El Jobo. Experiencia de la que surgió su obra teatral La dulce amarga, un grito de denuncia frente a la desesperada situación del obrero agrícola cubano.
Enemigo acérrimo de la rutina, fue un tenaz promotor cultural, moderno cruzado en el empeño por presentar en Guanajay a cuanto artista o intelectual de valía le fuera dado contactar. El tiempo le alcanzó increíblemente también para materializar diversos proyectos propios: una biografía del escritor Joaquín Nicolás Aramburu que publicó en 1955; impartir conferencias en la Universidad del Aire, la Fragua Martiana o donde quiera que se le solicitara, colaborar con numerosas publicaciones periódicas y escribir, a propósito de efemérides, estampas de contenido patriótico que representó con sus estudiantes.
Una sola obra ha bastado, no obstante, para hacerlo imprescindible, a 31 años de su muerte, ocurrida en 1969: las Estampas de Guanajay. Originalmente escritas para ser representadas durante la celebración del 300 aniversario de la Villa, en 1950. La entusiasta acogida e identificación de un público que es de alguna manera también protagonista de la pieza, ha determinado su permanencia en el tiempo. Nos adentraremos en el siglo XXI y los guanajayenses seguirán sintiéndose convocados al llamado de las Estampas: La casa de la condesa, La Estación de Villanueva, Capellanías y tantos otros cuadros volverán a hablarles de su pasado y sus orígenes. Seguirán fortaleciendo su orgullo por haber nacido en este rincón de la isla. Serán, como hoy, la más profunda huella dejada por Enrique Díaz Ortega a su ejemplar paso por la vida.

 
 
 
 
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